Doña Elisa mantiene viva la fama de “El Esfuerzo”

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Por hora y media afloró la añoranza, alegría, e incluso la desconfianza en la viuda de don Aurelio Nava, fundador de las piñas, el popular negocio en pleno centro de Tenango del Valle que por  más de 60 años paladares nacionales y extranjeros han degustado la bebida preparada a base del jugo de esa fruta y complementada con vodka o tequila.

Qué puedo decir yo?”, pregunta con cierta renuencia doña Elisa Weber Urrutia, de quien poco se ha dicho pese a haber sostenido encuentros con medios locales y nacionales muchas veces. Las entrevistas comúnmente se orientan hacia los orígenes del negocio en 1954 y de la tradicional bebida, pero no hacia ella que es parte vertebral de la historia del exitoso establecimiento.

Pocos saben de su origen alemán, que estudió en la primaria “Benito Juárez” edificada en el siglo XIX, para luego continuar “como todas las jóvenes de su época” su instrucción en un plantel de oficios. Las restricciones económicas en casa no le dejaron ser maestra, aunque no le impidió seguir adelante con su vida.

En plena juventud, con apenas 16 años conoció a don Aurelio y seis años después se convirtió en su esposo. A él se le atribuye la autoría de las piñas que no fueron objeto de ningún registro formal y son comercializadas como las originales en diversos establecimientos.

“¿Cómo pueden apropiarse de algo que no crearon ellos?”, pregunta.

Poco dura ese sentimiento; en segundos es sustituido por la añoranza del  noviazgo, en que las serenatas y las cartas eran comunes.

“Ahí tengo todavía algunas de ellas”, confía con un aire de complicidad y deja entrever el sentir de la mujer que con 85 años sigue al frente del negocio, de “El Esfuerzo”, ese que conserva su fisonomía original de miscelánea, con amplios anaqueles de madera que ahora ya no exhiben mercancía. Están ahora las materias primas para preparar las piñas.

Algunos de sus hijos participan en esta tarea. Tuvo siete: cuatro hombres y tres mujeres, “todos ellos profesionistas”: arquitectos, geógrafos, psicólogos e ingenieros agrónomos.

La descendencia incluye 16 nietos, algunos de los cuales también apoyan en el negocio y “cuatro o cinco bisnietos”.

 

Nostalgia

El recuerdo de don Aurelio, fallecido hace tantos años, aparece. La emoción le gana y pasa al llanto franco mientras pasa por sus ojos un pañuelo desechable para limpiar sus lágrimas: “Ante alguna situación difícil, él me preguntaba ¿qué hacemos? Ahora, tengo que preguntarme yo sola ¿qué hago?”

En segundos recupera la compostura y ríe ante la pregunta de si pensó en volverse a casar. “No. Él me dijo que si lo pensaba, me vendría a jalar los pies”.

Le recuerda cuando por tres años interpretó a Poncio Pilatos en Semana Santa en Tenango del Valle, visitados más por las piñas que por la zona arqueológica. Incluso, superando la barrera del idioma, lo mismo atienden  a escoceses que a húngaros, alemanes estadounidenses e ingleses.

Hay mezcla de todo, especialmente los domingos “que es el día fuerte” o cuando plaza, cuando es común ver entrar con aire decidido a un par de marchantas que en el mostrador, de pie, toman de un trago su bebida y salen apuradas. Ahí, en medio de las mesas y sillas de madera, conviven todos por igual pese a sus diferencias socioeconómicas.

“Eso sí, cuando alguien dice groserías le llamo la atención; también, aunque la gente ya sabe que aquí no viene a emborracharse, cuando notamos que empieza a levantar la voz, ya no le servimos”.

En ese ir y venir ya no tarda en entrar la pequeña Lupita ofreciendo flores; la señora de edad avanzada con carita sonriente, que aun cuando su interlocutora no tenga la menor pinta de saber cocinar, le enjareta una bolsa de nopales o de flores de calabaza; el joven tartamudo con sus chocolates, o Tere, que no parece bien de sus facultades mentales, pero que sale con algunas moneditas en su bolsa tras pasar un rato en el negocio.

A este y a otros personajes que ya identifican los clientes asiduos nunca les han negado la entrada. “El sol sale para todos”.

Doña Elisa sigue activa en el negocio, aunque ha tenido que restringir sus quehaceres domésticos, como cocinar.

Aun así, se siente alegre, acompañada; comparte imágenes de algunas publicaciones sobre el municipio, donde invariablemente aparece su negocio.

Y como colofón lanza una invitación: “¿Gustan una piña?”

5 de marzo de 2018

CDC

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