Mariano Colindres Castro, artesano y músico por herencia

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La gente cree que es sólo un pedazo de madera, pero los productos artesanales son arte, son la continuidad de nuestras tradiciones y para muchos de nosotros una forma de vida, afirma don Mariano, quien desde hace décadas combina este oficio con su otra pasión: la música.

Oriundo de San Antonio la Isla, municipio reconocido por dicha actividad, relata que ésta se originó a raíz de la presencia de la laguna de Chignahuapan que daba alimento y trabajo a gente de comunidades cercanas como Jajalpa, Santiaguito, Almoloya del Río, Santa Cruz y del propio San Antonio la Isla.

Recuerda que hacia mediados del siglo pasado, con el tule, planta presente en los cuerpos de agua, la gente solía elaborar petates o aventadores para avivar el fuego, productos que luego vendía en Toluca, la capital del Estado de México.

Quienes se dedicaron a este oficio utilizaban el torno de violín, que era una especie de banco donde prensaban la madera para trabajarla; la redondeaban y daban forma con un arco que manipulaban con los pies cuyos dedos sujetaban las herramientas.  “En tiempos de mi papá era todo un arte”.

Con la música por dentro

A los ocho años su padre, Isaías Colindres López le enseñó a trabajar la artesanía; su mamá María Félix Castro Anzaldo pintaba diversos productos, entre ellos cigarreras, polveros, yoyos, alhajeros y ceniceros.

Antes de consolidarse en este oficio don Mariano fue comerciante, vendedor ambulante, trabajó en fábricas y fue secretario de Cultura del PRI. Más adelante, siguiendo una de sus aficiones, formó una sonora, orquesta y grupo.

Este gusto también lo heredó de su papá, quien fue artesano, campesino y músico; tocaba la trompeta y en la década de los 50 del siglo pasado formó una orquesta: La Perla, además recibía clases de Acerina, el afamado danzonero cubano. “Sus hijos heredamos de él la música y las artesanías. Cuando yo tenía 20 años fui cantante exclusivo de la Sonora Toluca; siempre fui muy activo”.

En la década de los ochenta fue de los primeros en establecerse de manera formal, junto con otros artesanos que tienen su local en San Antonio la Isla. Los primeros objetos que empezó a elaborar fueron trompos, baleros y yoyos.

Estos juguetes siguen en el gusto de la gente porque la cultura jamás va a desaparecer, asegura convencido a pesar del auge de otro tipo de juguetes y de dispositivos electrónicos que han acaparado la preferencia de niños y jóvenes.

En lo que corresponde a los artesanos, afirma: “Nosotros no dejamos que desaparezcan nuestras raíces que nos identifican como país en otras partes del mundo”. Nuestras creaciones las elaboramos con calidad, en cambio lo chino es industrializado, desechable”.

En su momento el desaparecido tianguis del Mercado Juárez fue uno de los principales sitios para la venta de sus productos; ahora lo siguen siendo el Mercado 16 de septiembre en Toluca y el zócalo de la Ciudad de México. Pero no lo hacen ellos de manera directa, pues ante la falta de canales de comercialización han tenido que ceder ante intermediarios que los venden a un precio hasta cuatro veces mayor a su valor original.

“A ello se suma el ‘regateo’ de los compradores y que el gobierno municipal no nos apoya; por el contrario, nos ha querido retirar. Es decepcionante que usen la política sólo para su interés personal. Hemos tenido mayor respaldo del Fondo Nacional para el Fomento de las Artesanías (Fonart) y del Instituto de Investigación y Fomento de las Artesanías del Estado de México (IIFAEM).

Otro problema que enfrenta el gremio es la madera cuyo uso se ha ido restringiendo, por lo que han tenido que utilizar sólo especies permitidas y acatar las disposiciones oficiales. A pesar de ser, según sus cálculos aproximadamente 800 artesanos en San Antonio la Isla, lamenta que no estén organizados.

Un mundo propio

Quienes trabajamos la madera sabemos lo que significa. Cuando me meto al taller lo hago durante horas; no me importan los incidentes que he sufrido, como cortaduras; ni quisiera que me hablen para comer, asegura ensimismado en su labor que no deja de realizar durante la entrevista que tiene lugar en su taller.

El espacio es pequeño, acondicionado en una esquina del patio de su casa, donde resguarda sus materiales y equipo; el torno lo diseñó él mismo; tal vez por eso parece como si el artefacto lo obedeciera y de él van emergiendo las formas que don Mariano le ordena.

Con una gubia, especie de lima, le quita lo áspero a la madera, ayudado del esmeril. “Es lo que antes hacían nuestros viejitos”. El formón es otra herramienta que le ayuda a cortar, para lo cual debe tener un cálculo más preciso y así dar la forma adecuada. Después utiliza diferentes tipos de lija; la gruesa para que quede parejo.

La grabadora no podía faltar en su espacio. Mientras escucha la música de su preferencia, fricciona con un lijador un pedazo de madera; con el calor que despide forma rayas en el producto que está trabajando, sea un molinillo, un balero u otro, donde el ojo poco experto vería una línea formada con pintura, cuando en realidad es producto del calor por fricción.

Su esposa Angelina Suárez también sabe hacer todo y le ayuda a pintar. Pero durante las horas en que ella atiende el local y las tareas domésticas, quien lo acompaña en su jornada es “El Pepe”, un gato siamés que no se inmuta ante el ruido del torno ni de la actividad en el pequeño espacio, donde guarda pinturas, pinceles, aceite, lijas y todos los implementos que en su conjunto le dan vida y color a la madera.

Ante la complejidad de esta labor, subraya: Debemos valorar y apoyar esta artesanía; es arte en madera. Los diseños van evolucionando y la artesanía como la música, también va evolucionando.

CDC

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