Matrimonio

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Hace poco me preguntaron a qué debía el éxito de mi matrimonio; la respuesta es muy sencilla: Honestidad, respeto, generosidad y confianza. La honestidad desde el momento en que decidimos casarnos mi marido y yo; honestidad para expresar que esperábamos de nuestro matrimonio, cuántos hijos queríamos tener, qué cosas nos gustaban y nos disgustaban, a que estábamos dispuestos a renunciar y a qué no. Seguir siendo honestos durante cada día de nuestro matrimonio, implica la honestidad con nosotros mismos, de plantar los pies sobre la tierra y descubrir nuestras capacidades y nuestras limitaciones.

El respeto hacia los demás, entre nosotros y hacia nosotros mismos. Tratamos de ser respetuosos con la familia, los amigos y aquellas personas con las que convivimos día a día; escuchamos opiniones diversas, pero las decisiones las hemos tomado nosotros, lo cual por supuesto ayudó mucho en asumir las consecuencias de nuestras acciones, tanto las buenas como las malas; haciendo un balance, han sido más las decisiones acertadas en comparación con aquellas que nos han causado problemas.

Ser generosos con nosotros mismos y con los demás. Serlo implica una responsabilidad y un agradecimiento por todo aquello que se nos han otorgado: la vida, la salud, la oportunidad de formar una familia. Ser generosos implica no considerar como un sacrificio el esfuerzo realizado como pareja para dar educación a nuestros hijos y proveer a nuestra familia de todo lo que hemos necesitado, pero también de lo que ha sido un lujo.

Ser generosos incluyó el sobreesfuerzo, con gusto y sin lamentaciones, para cuidar de mi padre desahuciado, pese al desgaste emocional, físico y económico que conllevó; sin perder de vista que nuestros hijos no debían ser desatendidos y en cambio sería una experiencia de aprendizaje en su vida. Implicó muchas limitaciones en el nivel socioeconómico en que acostumbramos vivir, lo cual nos enseñó que independientemente de los bienes materiales, son las ganas de vivir, el trabajo, la constancia y sobre todo el amor, lo que constituye la fuerza que te saca de las adversidades.

La confianza es más que fundamental; sin confianza y sin respeto no hay relación humana que pueda ser sana. Cuando existen respeto y confianza, no caben costumbres como revisar el teléfono de la pareja, o sus cuentas; no caben intromisiones en su área laboral, ni son necesarios los celos o la vigilancia constante. La confianza te genera tranquilidad que te brinda una relación más placentera y más sana.

Nuestros hijos han sido uno de los satisfactores de nuestro matrimonio; los amamos y siempre será así, pero una pareja es de dos, por lo que es importante no descuidar aquellos detalles por los cuales decidimos formar un matrimonio. Una relación de pareja se trabaja día con día, ya que los hijos crecen y tendrán que volar del nido, lo que nos regresa al principio, a una vida para compartir entre dos.

No siempre lo común es lo más sano; de las mejores decisiones que tomamos juntos, algunas desagradaron a muchos por ser consideradas inapropiadas para los rígidos valores morales de algunos, o por que preferimos la felicidad al exceso de dinero.  Un ejemplo muy claro fue la decisión de tener un tercer hijo después de siete años de haber nacido el segundo. Comentarios como “¡Están locos! ¿Otra vez pañales y mamilas?” “Pero si con dos están bien ¿Para qué se quieren complicar la vida?” y  algunos otros por el estilo que no nos desanimaron, pues la paternidad era una de las cosas que más añorábamos ¡Por supuesto que lo bueno cuesta! Y ambos decidimos esforzarnos por conseguir lo bueno para nuestras vidas, para nuestra felicidad.

Y básicamente es por eso que el próximo año celebraremos nuestras bodas de plata, con las mismas ganas, la misma emoción y con la añoranza de continuar juntos por el resto de nuestras vidas.

CDC

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