Tristeza obligatoria

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Mis abuelos se casaron cuando mi abuela tenía 22 años y él 25; guapos, jóvenes, enamorados y radiantes, así se mantuvieron por varias décadas más. Toda mi vida fui testiga de los muchos y detallados cuidados de mi abuela hacia mi abuelo al que con el mismo interés le administraba sus cuentas bancarias, le entibiaba la crema corporal en el invierno y le consecuentaba los caprichos gastronómicos.

Entendí el amor que se tiene una pareja viéndolos tomarse de la mano sin razón obligada y bailando en el corredor de su maravillosa casa que le cerraba la puerta a cualquier tipo de fantasma. Los vidrios de color ámbar de su puerta parecían ser el tamiz que dejaba todo lo malo fuera.

Cuando tuve edad para razonarlo (y razonándolo, equivocarme) tuve una conversación inolvidable con Nachito, mi abuelo. Me preguntó si me daba cuenta cómo su vida dependía por completo de “la Nena” como solía llamarle a Rosarito, mi abuela. Detalló cómo él mismo no tenía la capacidad de administrar sus medicamentos, de llevar sus cuentas, de resolverse en general sin ella y habiendo hecho evidente todo aquello, me dijo lo más importante: que parecía que ella no se daba cuenta y que eso le permitía a él mantener sus exigencias; lo dijo con mucho amor, pero sin dejar de admitir que estaba mal.

Mi abuelo, patriarca de la familia, autoridad incuestionable, absoluto macho alfa, fue quien me dio una de las lecciones más feministas de mi vida. El ejemplo de su relacIón con la “Nena” lo utilizó para pedirme que me valiera del tamaño de mis ojos para mantenerlos bien abiertos; que no renunciara a mi poder, que nunca me cediera a mí misma. “Viva mami, viva; primero ponte lista y ya luego lloras” era su frase favorita.

Unos tres años después de esa conversación, Nachito murió, luego de una temporada de complicaciones de salud, en las que, al igual que durante los últimos 60 años a su lado, mi abuela había sido la más amorosa en sus cuidados; una roca en resistencia.

Rosarito cumplió su misión desde el primer, hasta el último momento en la vida de Don Nacho. Con su muerte llegaron los pésames, y después de algunos días los cumplidos: “que bien estás”, “te ves muy bien”, “qué gusto verte tan guapa como siempre”. Mi abuela llevó el luto en la ropa cerca de un año y casi estoy segura que de no haberle insistido, se lo hubiera dejado para siempre. Inteligente, maravillosa como es en todo lo que hace, se resistía a convertirse en una “viuda alegre” y cada que llegaba un cumplido, se sentía culpable por no verse triste, por lograr estar bien aún sin aquel que había sido la persona más importante de su vida (muchas veces por encima de ella misma).

Y es que pareciera que ante la pérdida, se vuelve obligatoria la tristeza; como si hubiera una sola forma de llevar un duelo, como si recuperarse significara olvidar o dejar de agradecer; como si a las heridas, lejos de dejarles respirar y permitirles sanar, fuera necesario dejarlas abiertas y aferrarse a ellas y hacerlas más profundas. Como si no fueran suficiente las cicatrices.

Finalmente, como si darse cuenta de haber hecho todo lo posible y haber dado todo lo necesario, no fuera suficiente para un buen día, simplemente ganarse el derecho a despertar, a vivir y, luego irse a dormir en paz.

CDC

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